Jueves 19 de Octubre del 2017 - 00:59

Joaquín Furriel: “Disfruto cuando involucro el cuerpo en mis personajes”

En “El faro de las orcas” (2016), su vuelta al cine con una historia inspirada en un hecho real, Joaquín Furriel compone a un ermitaño guardafaunas que ayudará, de alguna manera, a reinsertarse en el mundo a un niño con autismo (Joaquín Rapalini) a pedido de su madre (Maribel Verdú). Con producción de Luis Puenzo, y dirección de Gerardo Olivares, el film posee una calidad técnica y de posproducción única, que realza los mensajes de esperanza y ecología que se desprenden de él.

“Para mí no hay muchas películas para todo público como esta, es una propuesta con sus tiempos, y Gerardo se la bancó”, afirma emocionado durante una charla con EscribiendoCine.

-Salías de una situación personal complicada, y habías dicho que no iban a arriesgarte tanto, pero uno ve El faro de las orcas y te ve haciendo cosas fuertes y arriesgadas, ¿fue difícil para vos?

Siempre hubo consideración porque sabían de mi vulnerabilidad y fuimos de menos a más, venía de una fractura en mi vertebra dorsal 12, mi espalda estaba empezando a estar en alta, y del ACV, que ahora siento que me había afectado más emocionalmente que neuronalmente. Fui de menos a más, arrancamos con planes que no eran exigentes.

-¿Hablás de las escenas dentro de la casa?

No, la película tiene una particularidad, para mí fue toda una novedad, nunca había filmado así, donde hay una escena de dos minutos y medio la filmé, la primera toma en el segundo día de filmación, llego a caballo, abro la puerta, entro a la cabaña, la otra parte la filmo en los estudios en Madrid, la cabaña, después miro algo que después ponen en digital, salgo de ahí y aparezco en el agua en Fuerte Ventura, que fue lo último que rodamos.

La continuidad era esencial, nunca trabajé tan de cerca con la parte de arte en cuanto al raccord, como yo llevaba la mochila en la Patagonia al mes iba a estar cabalgando en España, eso por un lado, por el otro, hay una escena en el hospital, en donde le cuento al personaje de Maribel Verdú toda la historia, era una escena con bastante texto, un plan soliloquio, la iba a hacer la segunda semana, se larga una tormenta tremenda e inesperada, cambian el plan y me preguntan si podía hacerla al día siguiente, y con mi experiencia, haciendo desde Calderón de la Barca a lo que te imagines, o en la tira diaria, en ese entrenamiento, el pedido no me generaba una inestabilidad, sin embargo, la escena la sabía en mi casa, la hice de una, me pareció que salió bien, aún después haciendo otras, pero necesité media hora para hacerla de nuevo.

-¿Fue la prueba de fuego?

Sí, estaba muy emocionado, en cine con esos primeros planos, que no te podés pasar de emociones, si yo conectaba con el miedo por lo que me había pasado, me mostraba vulnerable, y a partir de ahí supe que es mejor conectarse con el miedo que mostrarse distante, hay que decir lo que a uno le pasa, a partir de la experiencia que tuve en la vida digo todo. En siguientes proyectos me sentí mejor mostrando mi vulnerabilidad, si la tenía, más que encriptarla y mostrarme incómodo. Esto no es un sincericidio, que no es algo que valoro, para nada.

-El proyecto llegó en un momento particular y tiene dos líneas narrativas interesantes…

Claro, disfruté tanto trabajar con Maribel Verdú como con Joaquín Rapalini. Con Maribel era un lugar más conocido que con Quinchu, Gerardo Olivares no quiso ensayar las escenas y fue lo mejor. Cuando me llegó el proyecto también me di cuenta que era la primera película que iba a poder ver con mi hija. De alguna manera también la vulnerabilidad era muy afín al relato, la historia de un hombre hosco, rígido, estructurado, que se va aflojando por su contacto con la naturaleza.

-¿Eso también te pasó a vos en el proceso del rodaje? ¿El aflojarte?

La sensación que tuve fue de involucrarme con el proyecto, para mí no existe eso de relajarte y disfrutar, ¿qué es disfrutar?, yo disfruto cuando involucro el cuerpo en mis personajes, recuerdo una escena en la que me sumergía y en apnea nadaba y tenía que mirar entre un rango porque después me ponían una orca detrás en digital, es el sueño del pibe, me gusta ese cine, también el de autor, los conciertos de cámara, la ópera, dinámicas estéticas que te sorprenden. Miraba por unos largavistas y le preguntaba para dónde tenía que mirar y el director me decía “allá donde está ese gordo con los huevos peludos” porque Fuerte Ventura es una playa nudista donde van los nórdicos, y cuando ves la película hay otra cosa. Me acuerdo tanto del rodaje, de la jornada haciendo clavados, del momento de filmarla, haciendo clavados, clavados, volvía cenaba y me iba a dormir.

-Estabas satisfecho y cansado…

Sí, y tiene que ver con mi historia de mochilero, en donde estuve alejado de la sociedad, y a mí no me genera inquietud no tener señal, todo lo que me puede pasar, al contrario, somos más parecido a esto que a todo lo que nos inventamos, por eso cuando fui a conocer a Beto Bubas fue tremendo.

-¿Fue difícil?

Y sí, porque fue el primer personaje real, porque en El Patrón, radiografía de un crimen (2015) ví lo que el criminalista Elías Neuman escribió sobre él, porque además Hermógenes ya había fallecido. En la novela estaban todas las entrevistas y podía desglosar en qué momento lloraba, en qué momento hablaba, lo marcaba con resaltadores diferentes.

-Era otro trabajo de campo acá…

Claro, encima para conocerlo a Beto tenía que tomarme un avión después que me agarró un ACV en un avión y me acompañaron, mi familia estaba revolucionada, y fue raro para los dos, yo iba a hacer de él, en una película que hablaba de él, cómo entraba, siendo algo frívolo, y le dije eso, porque no sé si hicieran una de mi vida no hay nada atractivo. Nos conocimos y busqué, aunque no convivo con muchas fotos, algunas imágenes de mis primeros campamentos en Cañuelas, cuando fui a los 16 años a mi primer viaje de mochilero, fotos de Machu Pichu, el Himalaya, todo para que él conociera aspectos de mi vida.

-Igual él no te conocía porque hace 28 años que no mira televisión…

Es un beneficio, en un punto, para mí es algo bueno no tener opinión preconcebida del otro, y si la tenés desarmarla.

-Hubo conexión…

Sí, y yo no tengo redes sociales, pero él me pidió que tenía que conectarlo en Facebook, me hice un fake y me vi todo lo que él publicaba, y en su muro vi un video medio incómodo de dos gringos con unos chicos. Un día yendo a Punta Norte le pregunté por qué lo subió y que no estaba de acuerdo, y él me dio su visión y a partir de eso intercambiamos como figuritas. Ahí aparece el vínculo, con esa cosa extraña de unirnos de una manera particular. Además hubo un momento particular, cuando me mostraron la casa donde iban a ponerlo y yo tengo una foto a los 16 años en el mismo lugar, que no es de fácil acceso, cuando Beto vio eso me dio la llave y entendió de alguna manera que tenía que hacer de él y porqué estaba ahí. Yo cabalgo a pelo, así que no había problema, y aun habiendo cosas que no estábamos de acuerdo pudimos trabajar juntos.

-Y el lograr componerlo, ¿cómo fue el proceso?

Todo el trabajo de campo previo resultó en construir el Beto cinematográfico, porque esto no es un documental, no es Blow Up (1966) de Michelangelo Antonioni. Tenía que componerlo, y Beto lo entendió muy bien, le dije que no iba a hablar como él, y la franqueza del personaje, su postura física, su habla, que no es directa, hay cinco o seis características que las conozco. Cuando se proyectó en la 13 Pantalla Pinamar, la gente del Festival de Puerto Madryn que la vio me dijo que era Beto en la pantalla. Ahí está la particularidad, que puedo verla con mi hija y sus amigas, porque nunca pudo ver nada de lo que hice, aprendí mucho sobre el autismo, trabajé con Maribel Verdú, una actriz con una experiencia enorme o con Gerardo, una persona de mundo.

-Con mucha experiencia además…

Claro, venia de filmar con Jean Reno y águilas en los Alpes Suizos, entendés.

-Y logra transmitir mucho con las imágenes…

Si, para mí no hay muchas películas para todo público como esta, es una propuesta con sus tiempos, y Gerardo se la bancó, además de un equipo ganador de Oscars, de gente que trabajó con Woody Allen y con experiencia de trabajar en España, me hizo dar cuenta que no estamos tan lejanos, que hay unas imágenes bellísimas y una banda sonora de Pascal Gaigne increíble.

-Y está Quinchu…

Que su composición es única, porque hasta que digan acción estaba dando vueltas feliz y después se ponía en el papel y era otro, para mí eso tiene que ver con los padres, Jessica, su mamá es una de las mejores personas con las que trabajé, es excelente cómo lo acompaña, porque ahí el chico es quien quiere ser actor, que es diferente a cuando los padres obligan a serlo.