Miercoles 25 de Abril del 2018 - 13:42

“La velocidad de consumo de bienes naturales es insostenible”

Gustavo Zarrilli conversa sobre cuestiones ambientales, desde el vínculo hombre-naturaleza hasta la salida de Trump de la última cumbre climática.

Calentamiento global, inundaciones, deforestación, sequías y contaminación constituyen -apenas- algunas de las temáticas más recurrentes que componen el sentido común y la agenda de los medios masivos en Argentina, siempre que el punto en discusión se centra en comprender qué ocurre con el medioambiente. En el ámbito científico, son conocidos los aportes que realizan los biólogos, bioquímicos, ingenieros y climatólogos. Sin embargo, ¿de qué modo contribuyen las ciencias sociales al respecto? En concreto, ¿por qué estudiar la historia de la naturaleza? “En realidad, se trata de pensar e investigar acerca de la relación del hombre con su entorno, cómo se influyen mutuamente y qué conflictos se generan”, explica Gustavo Zarrilli, docente investigador de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ) y director del Centro de Estudios de la Argentina Rural (CEAR).

Zarrilli es Doctor en Historia y especialista en el tema. En particular, trabaja sobre la relación entre sociedad y ambiente en los procesos de expansión de la frontera agropecuaria en el nordeste durante los últimos 30 años. En esta nota aborda el vínculo entre los seres humanos y la naturaleza, describe el aporte desde las ciencias sociales al estudio del tema, opina sobre el rol de los medios y ensaya una síntesis respecto a la situación agraria en Argentina.

¿Cuál es el aporte que pueden hacer las ciencias sociales a un tema como el medioambiente?

-Lo primero que hay que señalar es que no hay naturaleza sin historia. Las ciencias en general relegaron el tema medioambiental. Se tiene en claro lo que es el medio físico de una sociedad pero la mirada optimista del siglo XIX y la primera mitad del XX hizo creer que los recursos naturales eran inagotables o que, caso contrario, el progreso técnico proveería una respuesta. En la segunda mitad del siglo XX, producto de problemas y colapsos puntuales, se hizo evidente la equivocación y la ciencia comenzó a interesarse en el tema. En esta línea, la historia ambiental comienza a indagar en las relaciones sociedad-naturaleza.

¿Qué podría decir acerca de las relaciones sociedad-naturaleza en la actualidad?

-En líneas generales, la conciencia acerca de los límites que tiene la naturaleza aún es escasa. Sin ser catastrófico, la velocidad con la que el mundo consume los bienes naturales tiene un límite claro: es insostenible en el corto plazo. Se evidencia un acrecentamiento de esa conciencia, a la que contribuye el marketing que tiñe los discursos de actores políticos y privados de un cierto compromiso con el ambiente. Pero los efectos sobre la ciudadanía son limitados.

¿De qué manera esta toma de conciencia podría traducirse en acciones concretas?

-Aunque no sea radical, ya puede apreciarse una transformación. Las cumbres climáticas, por ejemplo, sirven al menos para que los diarios publiquen el tema en sus tapas. Que se instale en agenda es un avance. Y que acciones como la salida de Trump conlleven un costo político, también. No es gratuito que el presidente de los Estados Unidos abandone la cumbre presionado por el lobby petrolero y gasífero que financió su campaña. Por otro lado, también se aprecia una mirada cada vez más comprensiva respecto de estos temas.

¿En qué sentido?

-En los países centrales, la atención al problema ha mejorado notablemente aspectos como las energías renovables. Y no necesitamos ir muy lejos: Uruguay cambió en diez años su matriz energética -por necesidad, ya que eran importadores netos de combustible fósil- y hoy produce un 30% de energías limpias. Eso constituye una política concreta. Portugal, por su parte, consumió durante un día, en 2016, sólo energías renovables. Si bien parece una tontería, son ejemplos que demuestran que las soluciones están y no son una mera utopía.

Ya que menciona el rol de los medios, ¿cómo cree que se abordan los conflictos medioambientales?

-La instalación del tema en agenda es un aporte clave, ya que hace que un ciudadano que no tiene por qué conocer sobre la temática, al menos sepa que existe. Sin embargo, su tratamiento presenta dificultades, ya que suele ser superficial y montado sobre el escándalo. Además, es efímero, debido al tiempo de permanencia y al ritmo noticioso en general. De cualquier forma, si lo comparamos con la situación de hace 20 años, sin dudas, el medioambiente ha ganado un lugar.

¿De qué manera podrían resolverse las tensiones entre economía y medioambiente, evidenciadas, por caso, en la última cumbre climática?

-Es un problema complejo. Sin ser un radicalizado contra el sistema capitalista, si se piensa el modelo de los últimos 40 años, no hay una salida optimista. Es un sistema económico que claramente colisiona por el límite que le impone la materialidad ambiental. Tampoco creo que todo producto del desarrollo científico es malo, como tienden a pensar una especie de ludistas del siglo XXI. Entonces seré moderadamente optimista y diré que, con un grado de cierta concientización y con avances científicos que permitan bajar los efectos dramáticos del límite material que tiene la Tierra, uno podría esperar cambios positivos.

¿Por ejemplo?

-Pienso en el control al cambio climático que intentan imponer las cumbres, la toma de conciencia respecto de cuestiones estructurales, que descansan siempre en aspectos vinculados a un cambio cultural. Si bien es un camino complejo, la combinación entre difusión de los problemas y su impacto, educación ambiental -que es clave- y aportes vinculados al desarrollo científico que permitan la remisión de ciertos problemas puede funcionar.

Por último, ¿qué sucede en Argentina con el medioambiente, la agricultura y, en particular, los cultivos sojeros?

-Existe una tensión entre la necesidad perentoria del país y lo que efectivamente debería hacerse. El 50% de las exportaciones son de origen agroindustrial. Si quitamos la producción de autos, un 70% son granos o granos transformados en aceite o harina, producto de cultivos transgénicos: maíz o soja. La soja representa un 70% de todo eso. Con estas cifras, no puede decirse que el país debe dejar de cultivar soja porque no tiene cómo reemplazar esa producción. Además, no se puede pedir la no utilización de transgénicos, dado que eso permite, entre otras cosas, cultivar soja en lugares donde hace 50 años era imposible por falta de humedad. Lo que sí es una realidad negativa es que la soja se transformó en un monocultivo. Esto es un problema económico, porque todos los monocultivos en la historia del sistema capitalista han demostrado su fragilidad; y ambiental, porque empobrece la tierra y demás consecuencias ya conocidas.

¿Entonces qué se puede hacer frente a esta situación?

-Es necesario lograr un equilibrio. Por un lado, con un control estricto en términos biotecnológicos sobre cuestiones vinculadas a transgénicos y al uso de agroquímicos. Por otro, evitar el monocultivo con intervención del Estado, lo cual es fácilmente realizable mediante incentivos a la producción o facilidades que fomenten la diversidad. Ahora bien, un monocultivo con poco cuidado se traduce en los problemas ambientales que tuvimos durante los últimos 20 años: deforestación, inconvenientes con agroquímicos y conflictos por doquier.

Fuente: Argentina Investiga | Universidad Nacional de Quilmes – Departamento de Ciencias Sociales